Libertad sin ira

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Habla pueblo, habla y, sobre todo, Libertad sin ira constituyen la banda sonora de la Transición española a la Democracia. Conocida la muerte de Adolfo Suárez, vuelven, una vez más, a estar de actualidad. Para mucha gente no son más que canciones, pero por entonces parecían encarnar los principios que guiaron a aquellos gobiernos encabezados por Suárez entre julio de 1976 y febrero de 1981.

Libertad, tolerancia, concordia, consenso… y superación definitiva de las dos Españas a través de una democracia para todos y construida entre todos, con un marco de convivencia, la Constitución de 1978, en el que pudiéramos reconocernos los españoles con independencia de las ideas particulares de cada uno. Y todo ello con la esperanza de que a los españoles del futuro, los que estaban naciendo en los 70, no fueran educados nunca más en clave de vencedores y vencidos. Mejor aún, que pudieran crecer como ciudadanos libres e iguales, como ya lo hacían sus pariguales en toda Europa occidental.

Adolfo Suárez había nacido en 1932 en Cebreros (Ávila). Fue, por tanto, un niño de la guerra. Los que ponen énfasis en que toda su carrera política la hizo bajo el franquismo, apenas conocen un dato fundamental: los orígenes políticos de sus padres eran divergentes.

Su madre, procedente de una familia abulense católica y conservadora, tuvo gran influjo en su formación y fe religiosa. Pero su padre había sido un activo simpatizante de Izquierda Republicana, que hubo de marcharse a Madrid en los duros años de postguerra para evitar las represalias de los vencedores. En realidad, el joven Suárez era una simbiosis de las dos Españas, aunque hizo carrera política en la España en la que le tocó crecer, como no podía ser de otra manera.

Bajo la protección de Fernando Herrero Tejedor, por entonces gobernador civil de Ávila, Suárez fue escalando peldaños dentro del Movimiento Nacional, partido único del régimen. Ese partido, pese a los rituales, himnos y camisas azules, no estaba constituido únicamente por falangistas, sino también por afiliados procedentes de otras sensibilidades del régimen, encuadrados ahí obligatoriamente. El caso de Suárez era paradigmático, pues procedía de la Juventud de Acción Católica.

El patrocinio de Herrero fue importante para que Suárez alcanzara sus primeros puestos políticos: gobernador civil y procurador en Cortes por Ávila. Desde muy pronto se adscribió a quienes defendían la reforma del régimen para procurar una apertura que acercara España a los regímenes democráticos occidentales. Por entonces, Suárez conoció al Príncipe Juan Carlos, con el que sintonizó política y personalmente.

Como director general de RTVE, se esforzó por dar a conocer a los españoles al que sería el futuro Rey, con quien compartía la necesidad de democratizar el país a la muerte de Franco. Pero antes murió Herrero, con quien Suárez había llegado a ser Vicesecretario General del Movimiento Nacional en 1975, el número 2 del partido único. Su carrera política parecía ya truncada.

Adolfo Suárez, en 1976, jurando como presidente del Gobierno ante el Rey.

Adolfo Suárez, en 1976, jurando como presidente del Gobierno ante el Rey.

Sin embargo, todo cambió con la proclamación de don Juan Carlos. El nuevo Rey inmediatamente sacó a Suárez del ostracismo político para nombrarle Ministro Secretario General del Movimiento. Desde ahí, Suárez tenía una única misión: la voladura del partido único. O, si se quiere, el joven ministro habría de sacar adelante una ley de asociaciones políticas que acabase con el Movimiento Nacional y permitiera el reconocimiento de diversos partidos políticos.

El horizonte era poder celebrar unas elecciones libres. Su carácter abierto y dialogante, su brillante defensa del proyecto de ley ante las Cortes franquistas y, sobre todo, la gestión del orden público en ausencia de Fraga, convencieron al Rey de que era Suárez, y no políticos más veteranos y a priori más cualificados –como Areilza, el mismo Fraga o Silva–, el hombre apropiado para impulsar la reforma política.

En junio de 1976, el jefe del Estado “dimitió” a Carlos Arias Navarro, que se había posicionado como un obstáculo para la democratización del país, y logró que el Consejo del Reino, el organismo encargado de proponer una terna de “presidenciables”, incluyera el nombre de Suárez. El 3 de julio de 1976, era nombrado presidente del Gobierno. Su programa: celebrar elecciones libres antes de un año y dejar lista una reforma institucional que convirtiese España en una democracia liberal.

Entre la opinión cualificada, muy pocos pensaban que sería posible. El 15 de junio de 1977 los españoles celebraban sus primeras elecciones democráticas y pluralistas en 40 años. El 6 de diciembre de 1978 votaban por una mayoría aplastante, con un 89 por ciento de “síes” una nueva Constitución democrática que, sin revoluciones ni rupturas, “de la ley a la ley”, cerraba definitivamente cuatro décadas de autoritarismo.

Cuando en 1975, las cancillerías extranjeras daban por descontada la desaparición física de Franco, la preocupación embargaba a todas. Vista la experiencia de los años 30, guerra civil incluida, casi nadie de la elite política europea o norteamericana creía posible que los españoles pudieran transitar ordenadamente de una dictadura a una democracia. Se dudaba de la calidad de los políticos españoles e, incluso, de la civilidad de los que vivían al sur de los Pirineos. Más aún cuando una transición de ese tipo era una experiencia completamente inédita. Ninguna nación, ni europea ni americana, había cambiado de régimen sin una experiencia traumática: revoluciones, rupturas, golpes de estado o guerras civiles.

Adolfo Suárez cambió radicalmente esa percepción de España y los españoles. Hizo posible que, finalmente, nuestros padres y abuelos pudieran culminar ese “milagro político” y dejar estupefacto a todo el mundo. Suárez captó magistralmente lo que deseaban sus conciudadanos, “libertad sin ira”. Mejor aún: supo administrar ese anhelo. Junto con el Rey, sus ministros y los dirigentes políticos de otros partidos, el presidente propició los cauces inclusivos por los que los españoles pudieron comenzar a construir su futuro en paz. Hizo reales aquellos versos de Antonio Machado con que él mismo finalizó su defensa de la ley de asociaciones políticas de 1976:

Está el hoy abierto al mañana
mañana al infinito
Hombres de España:
Ni el pasado ha muerto
Ni está el mañana ni el ayer escrito.




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