‘Mr. Selfridge’, un ‘Downton Abbey’ sin pretensiones

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Harry Gordon Selfridge inauguró en 1909 los almacenes londinenses que llevan su apellido y que aún hoy permanecen abiertos. Pero tal éxito no era esperado por los ingleses, que miraban por encima del hombro a aquel estadounidense ruidoso y excéntrico. La historia de ese camino al éxito es la que cuenta Mr.Selfridge, la serie que hoy estrena La 1 y que tiene al multipremiado Jeremy Piven (El Séquito) a la cabeza de esta entretenida y visual adaptación de época.

Más allá de los mostradores, Mr. Selfridge ha encontrado el éxito también en la televisión. Esta producción, basada en la biografía Shopping, Seduction & Mr Selfridge, de Lindy Woodhead, está preparando su 3ª temporada en Inglaterra, desde donde se ha exportado a 150 países.

Al Selfridge de carne y hueso se le atribuye aquella frase de “el cliente siempre tiene la razón” y con él, llegó a Londres una visión de las compras ya no sólo como necesidad, sino como pasatiempo. Además, fue pionero en dotar de importancia al escaparatismo de incluir entre sus productos lencería y cosméticos asociados a mujeres de vida disoluta.  En esta revolución del marketing encuentra la serie uno de sus puntos más disfrutables, puesto que permite ofrecer más detalles y la trastienda de las ya de por sí atractivas modas y estilos de principios del siglo XX, siempre muy cuidados en las producciones británicas.

Mr. Selfridge - Temporada 1

Los almacenes Selfridge fueron pioneros en técnicas de marketing como el escaparatismo.

Pero como no sólo de negocios viven las tramas, la historias personales de Mr. Selfridge permiten entender las diferencias entre las clases adineradas de uno y otro lado del Atlántico; por un lado las alegres clases altas de Estados Unidos, dispuestas a deleitarse con lo que su “nuevo dinero” en el viejo mundo, pero sin perder de vista el honor del trabajo; frente a ellas, las estrictas y nobiliarias esferas inglesas, que rechazan a los advenedizos a pesar de estar contemplando su decadencia. Además de las diferencias entre las clases sociales y las perspectivas de un mundo al que la guerra lo convirtió en globalizado.

En este aspecto social encontramos uno de los puntos en común con Downton Abbey (ITV, 2010),con la que Mr. Selfridge comparte cadena y periodo histórico. Por el contrario, ambas series difieren en cuanto al tono, siendo Mr. Selfridge mucho menos melodramática,y, en cierta manera, tomándose menos en serio que la serie de Julian Fellowes que, siendo sinceros, muchas veces peca demasiado de mirarse el ombligo. Sin embargo, esa misma capacidad de recrear una época en un microcosmos que tienen los Crawley es algo de lo que adolece por momentos la serie de los grandes almacenes, que a fuerza de querer mostrar mucho, a veces no se centra en nada.

Una cara y una cruz también presentes en el protagonista, a quien se le atribuye un carisma y una sociabilidad, que explota un gran Jeremy Piven y que contrasta con la parte más desgraciada y descontrolada de la vida del empresario quien, finalmente, moriría en la ruina. Junto a él, su mujer, Rose, interpretada por Frances O’ Connor (Inteligencia Artificial), es más señora que las damas británicas, y una ristra de empleados a los que exhortó a desarrollarse, tanto si eran dependientas, mozos de almacén o  el contable. Porque si eran pocos los avances introducidos por Selfridge, también fue un adelantado en materia de motivación laboral,dejando las arengas de Leonardo DiCaprio en El Lobo de Wall Street (Martin Scorsese, 2013) a la altura del betún.




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